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La tierra de cinco minutos es el nombre de un argumento escéptico propuesto por Bertrand Russell. El mismo sugiere que no se puede tener la certeza de que el mundo no comenzó a existir hace cinco minutos. Es posible que hubiera aparecido hace poco tal y como está, incluyendo recuerdos falsos de todo el mundo. Podemos decir cosas como “este árbol tiene doce años porque tiene doce anillos en el tronco”, pero no podemos estar verdaderamente seguros de ello.

“No hay ninguna imposibilidad lógica en la idea de que el mundo haya aparecido hace cinco minutos, exactamente como está y con una población que “recuerde” un pasado completamente irreal. No hay ninguna conexión lógica necesaria entre sucesos y tiempos diferentes; así que nada de lo que pase ahora o pueda pasar en el futuro puede invalidar la idea de que el universo haya sido creado hace cinco minutos.”

El mismo tipo de argumentación, pero con intenciones opuestas, puede encontrarse en el libro Omphalos de Philip Henry Gosse, publicado en 1857. De acuerdo con la «hipótesis Omphalos» Dios creó el mundo, pero las cosas producidas sobrenaturalmente por él presentan los rasgos derivados de una historia anterior ficticia; por ejemplo, Dios creó a Adán con ombligo, como si hubiera nacido normalmente, y a los árboles con anillos de crecimiento.

Jorge Luis Borges, en su cuento de 1940 titulado Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, presenta un mundo ficticio en el que algunas personas siguen una filosofía muy parecida a la de la discusión de Russell, como una creencia religiosa.

“Una de las escuelas de Tlön llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente.”

Borges también estaba familiarizado con las ideas de Gosse, del cual escribió un ensayo titulado La creación y P. H. Gosse. Borges aduce que esta argumentación fue impopular porque inadvertidamente puso de manifiesto los absurdos de la historia del Génesis.

Hoy traigo uno de mis cuentos favoritos de H.P. Lovecraft y August Derleth.
Sinceramente la historia me parece genial, creo que una de las mejores de terror psicológico que he leído. Lovecraft logra meterse en la mente de del lector e implantar imágenes, ideas y criaturas de lo más reales, jugando con nuestros temores personales y ese miedo a lo desconocido que habita en nuestro inconsciente.
Existe la habitual comparativa de el con Poe, y si bien no niego el talento de Poe, me quedo con Lovecraft. El terror de Poe es poético, lírico, extremadamente descriptivo y muy bonito. Pero era terror para otra época. Lovecraft consigue mantenerse vigente, además del bastó universo que creo, con dioses, criaturas, lenguajes y una símbologia genial.

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La sombra fuera del espacio (The shadow out of space) por H.P. Lovecraft y August Derleth

“Si hay algo que nos salva en este mundo… es la incapacidad de la mente humana para correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una isla de ignorancia en medio de los mares negros del infinito, y no estamos hechos para viajar lejos…”

I.
Si es cierto que el hombre vive siempre al borde de un abismo, entonces casi todos los hombres deben experimentar momentos de algo que llamaríamos nivel precognoscitivo, cuando las vastas e imperceptibles profundidades que existen siempre bordeando el pequeño mundo del hombre se convierten por un momento en tangibles, cuando el terrible pozo de conocimientos sin frontera, que incluso las mentes más brillantes sólo han vislumbrado, asume una apariencia borrosa capaz de llenar de terror al corazón más duro. ¿Conoce algún ser viviente los verdaderos orígenes de la humanidad? ¿O el lugar que al hombre le corresponde en el universo? ¿Sabe si el hombre está destinado al ignominioso final de un gusano? Hay terrores que caminan por los pasillos de los sueños cada noche, que embrujan el mundo de los sueños, terrores que pueden relacionarse con los aspectos más mundanos de la vida cotidiana. Cada vez estoy más convencido de la existencia de un mundo fuera de éste en que estamos, lindante con él pero quizá completamente alucinatorio. Sin embargo, no ha sido siempre así. No fue así hasta que conocí a Amos Piper.
Mi nombre es Nathaniel Corey. He practicado el psicoanálisis durante más de cincuenta años. Soy autor de un libro y de varias monografías publicadas en periódicos dedicados a ese tipo de conocimientos. Practiqué durante muchos años en Boston, después de haber estudiado en Viena, y hace diez años, en el semirretiro, me trasladé a la ciudad universitaria de Arkham, en el mismo Estado stado. Me había ganado, con mi trabajo, una reputación de persona seria e íntegra, que me temo ponga en duda este relato. Aunque espero que ofrezca una conclusión bien distinta. Es un firme presentimiento el que me lleva por fin a dejar testimonio de lo que ha sido quizá el problema más interesante y provocativo con que me he encontrado en todos estos años de práctica. No acostumbro a hacer observaciones públicas acerca de mis pacientes, pero me veo obligado a ello dadas las circunstancias peculiares que se dieron en el caso de Amos Piper: a través de ellas se plantean ciertos puntos que, a la luz de otros, sin relación aparente, podrían adquirir más relieve de lo que en principio presumí. Hay poderes de la mente que permanecen en las tinieblas, y quizá también poderes de las tinieblas que van más allá de la mente: no me refiero a brujas, a fantasmas o a duendes, ni a cualquier otra invención creada por civilizaciones primitivas, sino a poderes infinitamente más vastos y terribles que cualquier concepto humano.
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